"Escondida y aterrada en mi cuarto, escuché cómo cerraste la puerta con llave cuando te ibas. Hiciste eso, cerraste la puerta con llave como si te interesara preservar y cuidar lo que quedaba adentro: Mi mamá y yo."
Escapándome con la mente en blanco de esa horrible situación, temblando y con la respiración entrecortada, pude mandar un audio de ayuda por Whatsapp. Suena rídiculo, pero fue lo primero que se me cruzó por la cabeza. Un audio que escucho ahora, horas después, y me da escalofríos.
Tratando de tomar decisiones en ese estado mental, intenté elegir entre escaparme a un lugar sano por ese momento, o quedarme ahí para protegerla a ella. Entré en una encrucijada de sentimientos y sensaciones, ya que si me quedaba para hacer eso, surgía el miedo de que me pase algo.
Concluí, desilusionada y sin fuerzas, en que estaba conviviendo con un completo desconocido.
Apoyada en la esquina de mi sillón, tensionada y con la mirada perdida, ahora en shock. Por primera vez en veinte años supe lo que era estár en shock emocional, y eso que ya había pasado por varias situaciones similares a esta. Recordando cada detalle, cada movimiento, cada palabra que habías dicho y tensionándome cada vez más. Con la misma expresión facial de una persona horrorizada, estuve así por una hora reloj.
Escondida y aterrada en mi cuarto, escuché cómo cerraste la puerta con llave cuando te ibas. Hiciste eso, cerraste la puerta con llave como si te interesara preservar y cuidar lo que quedaba adentro: Mi mamá y yo.
Te fuiste, dándole pié a mi mamá para entrar a mi habitación y tantear el terreno.
Me encontró así, en esa situación, inmóvil.
A la insistencia de mi madre para ir a fumar un cigarrillo y apaciguar todo, no hice caso, no lo encontré razonable. Me alegro por eso.
Intentó hacerme hablar pero a mi no me salían las palabras. ¿Quería ponerme a hablar? Claro que sí. Pero lo único que podía expresar verbalmente eran sonidos. Sentí haber perdido toda capacidad de habla y comunicación. Por un momento, tuve la edad mental de un infante.
Arisca, y con las lágrimas cayéndome en las manos que no podía mover, pero a la vez que no me paraban de temblar, intento levantarme del sillón, como puedo. Se me habían entumecido las piernas y tampoco podía pararme.
Volviste a casa, más calmado, como si todo lo que hubiera pasado hubiese sido un desliz, algo normal. Dijiste que te ibas al próximo día, que ya encontraste lugar donde quedarte.
Pasó el tiempo pero no llegó la calma. Tenía miedo de dormir en mi propia casa. Tenía miedo de que me pase algo. Tenía miedo de él.
Seguí encerrada en lo que, al pasar los años, terminó convirtiéndose en mi refugio. El lugar donde las cosas ahí no ocurrían. Nadie podía pasar, ni siquiera el más fuerte, ni siquiera el que odia más.
Lo único que podía hacer era memorar una imágen. Una sóla, y repertirla, y repetirla, y repetirla.
Salí de mi cuarto recién a las dos de la madrugada cuando supuse ya no estabas más despierto. Necesitaba tomar algo, me estaba muriendo de sed. Salí con miedo, con fobia. ¿Mirá si te despertabas? ¿Mirá si seguías enojado por lo que, según vos, yo te había hecho hacer?
Según mamá, lloraste toda la noche pero no se te escapó un "Perdón". Tampoco me interesa un perdón recién ahora, después de quince años. No sirve, ni deshace. Tampoco te hace más humano.
Puede que ahora me encuentre con un poco menos de miedo, la luz del día ayuda mucho a la calma, pero hiciste que afloren recuerdos que me traen la misma sensación que tenía cuando era chica: Que me vengas a buscar.
No te banqués lo que no te tenes que bancar. La violencia no es amor.
No es amor de pareja, no es amor de padre.
No lo provocaste vos. No fue tu culpa. No lo naturalices, eso sí lo es.
Hablalo. Hablalo mucho con quien puedas. Alguien siempre te va a poder ayudar.
Tanto la física, como la verbal. La verbal, que es la que menos duele pero la que más hiere al fin y al cabo.
No es normal, no va a dejar de pasar. No fue un enojo del momento, ni una simple discusión. El fuego, en este caso, nunca se apaga, sigue encendido y quemando cada vez más.
Por suerte, aprendí a desnaturalizar. El siguiente paso es aprender a dejar de tener miedo.