jueves, 16 de febrero de 2017

Amarte es también no verte.

"Bajo las melodías del querido John Frusciante tomé la decisión de buscarte por una falsa "última vez". Buscarte en el único lugar donde sé que te puedo encontrar, por lo menos, a medias. Era el único lugar en donde, a pesar de haberme desterrado de ahí también, algo se podía ver."

Pasé de estar por verte en una hora, a no verte nunca más. Por 8 meses con exactitud.
Sin saludo, sin abrazo, sin un beso, sin piel. Te perdiste en el aire, de repente desapareciste. Y andá a explicarle así a mi corazón que realmente no nos tenemos más. Andá a explicarle que todo el cariño que tenía para darte a tan solo 40 minutos en bondi, me lo tenía que guardar. Andá a explicarle que no iba a haber un café mediador, ni tampoco sexo reconciliador. Andá a explicarle que ahí iba a terminar todo, y que nunca más iba a poder verte a la cara. Una cara que tenía como deporte admirar. Una barba que me desvivía por besar.


Fue un arduo trabajo el superar sin ver. Mi mente se quedó en esa tarde a punto de salir a verte y es, de repente, ocho meses después, que me encuentro olvidando los detalles de tu cara. Fue arduo el trabajo de superar viajar a ciudad sin que me nazcan las ganas de cruzarte por las calles de Microcentro.
Con una amiga viviendo a dos cuadras de tu casa, se me hacía imposible visitarla. Y al hacerlo, pedía por favor aunque sea verte de lejos.

La calle Tucumán al 300 me resulta intransitable.

El miedo a viajar a Capital se fue desvaneciendo, no así mi extrañarte. Mis ganas de volver a verte.

Corría y corro con la desventaja de que no te lleves bien con las redes sociales: no tenes Instagram, ni Twitter, y si subís algo a Facebook yo no puedo verlo. Aún así, fueron noches las que pasé entrando a donde podía para al menos, recordar tus cuatro fotos de perfil.

Pasó el tiempo; el miedo a viajar a Capital se desvaneció por completo, y de a poco lo fue haciendo mi necesidad de "verte" a través de una pantalla. Aunque debo admitir que viajar a Capital siempre me deja de souvenir el no encontrarte. El no encontrarte, por haberte buscado: algo que nunca dejaré de hacer.

Así fue que una noche de tranquilidad mental, mi cerebro decidió que era momento de autoboicotearse. Bajo las melodías del querido John Frusciante tomé la decisión de buscarte por una falsa "última vez". Buscarte en el único lugar donde sé que te puedo encontrar, por lo menos, a medias. Era el único lugar en donde, a pesar de haberme desterrado de ahí también, algo se podía ver. Una sola foto tuya, de portada, encima de una montaña llena de nieve vaya quién a saber dónde, con todo lo puesto para escalar, hiciste el viaje que tanto me decías que querías hacer. Sentí una mezcla de todo: felicidad, tristeza, vacío y satisfacción.
Satisfacción y felicidad por verte después de ocho meses de no saber nada de vos.
Vacío y tristeza porque la foto es a contraluz: Sigo sin poder verte la cara.

domingo, 16 de octubre de 2016

Carta a mamá

Todos los años llega ese día que paso con una sonrisa falsa en la cara. Que lloro en silencio. Que quiero no exista más en el calendario, sólo por el hecho de recordarme lo que algún día voy a lamentar no haber aprovechado mientras lo tenía.
El día de la madre, algo tan comercial como sentimental, puede llegar a mover hasta la culpa más profunda en mi. Culpa profunda, enterrada por bronca, enojos sin resolver, peleas, palabras que no tendrían que haber sido dichas, trastornos mentales, y ausencias. La imposibilidad de perdonar y demostrar cariño hicieron que todo esto se vuelva una realidad más fácil.

Ella y yo: dos gotas de agua. Idénticas en facciones y gestos. Confundidas en fotos de pequeñas. La misma persona.
Ella: el cariño que siempre me brindó y nunca pudé (y me da miedo) no poder ver nunca.
Yo: fría como el hielo, apática con la mujer que me dió la vida. Y, al fin y al cabo, pasé tantas malas que tal vez por eso el enojo constante con ella, tal vez ese sea el motivo: traerme al mundo.

Ella y yo: Con errores.
Ella: Fácil reconocedora. Carece de rencor a nadie. Tal vez por eso la viven lastimando, tal vez por eso no le importe dormir con el enemigo. Tal vez por eso, sigue priorizando que aunque su hija le lastime el alma, siempre la va a perdonar.
De infancia difícil. Con una madre con preferencias: el hijo menor. Un padre bipolar y alcohólico... Pero dulce. Un hermano adicto que ya dejó de ser. (te extraño). Pero siempre ahí, bien plantada.
Ahora con un matrimonio centrado en complicaciones, que ha tocado el punto más oscuro que pudo haber tocado alguna vez. Un matrimonio que vivió algo que marcó un antes, y un después. Y con una hija a la que no puede abrazar en Navidad, a la que le dice "Te amo" sin esperar recibir uno a cambio, y que de hecho nunca lo recibe.

Yo: una persona adulta que dejó de ser el alma cariñosa que era a los 5 años. Todavía tratando de descubrir el por qué en terapia, me conformo mirando videos viejos, intentando poder recordar y sentir lo que esa nena llena de ilusiones y sueños sentía.
Advirtiendo ajenidad al caso, procedo a darme por vencida, otra vez.

Y es otro año en el cual, sin que ella se entere, lloro y lloro. La lloro. La lloro teniéndola al lado mío por no contar con los ovarios suficientes para perdonarla. Por tener ganas de decirle lo que la amo (me costó escribir esto, letra por letra) y no poder. Por querer pedirle perdón yo también. Por haberla hecho parte de una no-relación de madre e hija. Por separarla de mi.

No quiero que se haga tarde.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Nunca, pero nunca más a mi lado.

"Escondida y aterrada en mi cuarto, escuché cómo cerraste la puerta con llave cuando te ibas. Hiciste eso, cerraste la puerta con llave como si te interesara preservar y cuidar lo que quedaba adentro: Mi mamá y yo."

Escapándome con la mente en blanco de esa horrible situación, temblando y con la respiración entrecortada, pude mandar un audio de ayuda por Whatsapp. Suena rídiculo, pero fue lo primero que se me cruzó por la cabeza. Un audio que escucho ahora, horas después, y me da escalofríos.
Tratando de tomar decisiones en ese estado mental, intenté elegir entre escaparme a un lugar sano por ese momento, o quedarme ahí para protegerla a ella. Entré en una encrucijada de sentimientos y sensaciones, ya que si me quedaba para hacer eso, surgía el miedo de que me pase algo.
Concluí, desilusionada y sin fuerzas, en que estaba conviviendo con un completo desconocido.

Apoyada en la esquina de mi sillón, tensionada y con la mirada perdida, ahora en shock. Por primera vez en veinte años supe lo que era estár en shock emocional, y eso que ya había pasado por varias situaciones similares a esta. Recordando cada detalle, cada movimiento, cada palabra que habías dicho y tensionándome cada vez más. Con la misma expresión facial de una persona horrorizada, estuve así por una hora reloj.

Escondida y aterrada en mi cuarto, escuché cómo cerraste la puerta con llave cuando te ibas. Hiciste eso, cerraste la puerta con llave como si te interesara preservar y cuidar lo que quedaba adentro: Mi mamá y yo.

Te fuiste, dándole pié a mi mamá para entrar a mi habitación y tantear el terreno.
Me encontró así, en esa situación, inmóvil.
A la insistencia de mi madre para ir a fumar un cigarrillo y apaciguar todo, no hice caso, no lo encontré razonable. Me alegro por eso.
Intentó hacerme hablar pero a mi no me salían las palabras. ¿Quería ponerme a hablar? Claro que sí. Pero lo único que podía expresar verbalmente eran sonidos. Sentí haber perdido toda capacidad de habla y comunicación. Por un momento, tuve la edad mental de un infante.
Arisca, y con las lágrimas cayéndome en las manos que no podía mover, pero a la vez que no me paraban de temblar, intento levantarme del sillón, como puedo. Se me habían entumecido las piernas y tampoco podía pararme.

Volviste a casa, más calmado, como si todo lo que hubiera pasado hubiese sido un desliz, algo normal. Dijiste que te ibas al próximo día, que ya encontraste lugar donde quedarte.
Pasó el tiempo pero no llegó la calma. Tenía miedo de dormir en mi propia casa. Tenía miedo de que me pase algo. Tenía miedo de él.

Seguí encerrada en lo que, al pasar los años, terminó convirtiéndose en mi refugio. El lugar donde las cosas ahí no ocurrían. Nadie podía pasar, ni siquiera el más fuerte, ni siquiera el que odia más.
Lo único que podía hacer era memorar una imágen. Una sóla, y repertirla, y repetirla, y repetirla.
Salí de mi cuarto recién a las dos de la madrugada cuando supuse ya no estabas más despierto. Necesitaba tomar algo, me estaba muriendo de sed. Salí con miedo, con fobia. ¿Mirá si te despertabas? ¿Mirá si seguías enojado por lo que, según vos, yo te había hecho hacer?

Según mamá, lloraste toda la noche pero no se te escapó un "Perdón". Tampoco me interesa un perdón recién ahora, después de quince años. No sirve, ni deshace. Tampoco te hace más humano.
Puede que ahora me encuentre con un poco menos de miedo, la luz del día ayuda mucho a la calma, pero hiciste que afloren recuerdos que me traen la misma sensación que tenía cuando era chica: Que me vengas a buscar.


No te banqués lo que no te tenes que bancar. La violencia no es amor.
No es amor de pareja, no es amor de padre.
No lo provocaste vos. No fue tu culpa. No lo naturalices, eso sí lo es.
Hablalo. Hablalo mucho con quien puedas. Alguien siempre te va a poder ayudar.
Tanto la física, como la verbal. La verbal, que es la que menos duele pero la que más hiere al fin y al cabo.
No es normal, no va a dejar de pasar. No fue un enojo del momento, ni una simple discusión. El fuego, en este caso, nunca se apaga, sigue encendido y quemando cada vez más.

Por suerte, aprendí a desnaturalizar. El siguiente paso es aprender a dejar de tener miedo.