Todos los años llega ese día que paso con una sonrisa falsa en la cara. Que lloro en silencio. Que quiero no exista más en el calendario, sólo por el hecho de recordarme lo que algún día voy a lamentar no haber aprovechado mientras lo tenía.
El día de la madre, algo tan comercial como sentimental, puede llegar a mover hasta la culpa más profunda en mi. Culpa profunda, enterrada por bronca, enojos sin resolver, peleas, palabras que no tendrían que haber sido dichas, trastornos mentales, y ausencias. La imposibilidad de perdonar y demostrar cariño hicieron que todo esto se vuelva una realidad más fácil.
Ella y yo: dos gotas de agua. Idénticas en facciones y gestos. Confundidas en fotos de pequeñas. La misma persona.
Ella: el cariño que siempre me brindó y nunca pudé (y me da miedo) no poder ver nunca.
Yo: fría como el hielo, apática con la mujer que me dió la vida. Y, al fin y al cabo, pasé tantas malas que tal vez por eso el enojo constante con ella, tal vez ese sea el motivo: traerme al mundo.
Ella y yo: Con errores.
Ella: Fácil reconocedora. Carece de rencor a nadie. Tal vez por eso la viven lastimando, tal vez por eso no le importe dormir con el enemigo. Tal vez por eso, sigue priorizando que aunque su hija le lastime el alma, siempre la va a perdonar.
De infancia difícil. Con una madre con preferencias: el hijo menor. Un padre bipolar y alcohólico... Pero dulce. Un hermano adicto que ya dejó de ser. (te extraño). Pero siempre ahí, bien plantada.
Ahora con un matrimonio centrado en complicaciones, que ha tocado el punto más oscuro que pudo haber tocado alguna vez. Un matrimonio que vivió algo que marcó un antes, y un después. Y con una hija a la que no puede abrazar en Navidad, a la que le dice "Te amo" sin esperar recibir uno a cambio, y que de hecho nunca lo recibe.
Yo: una persona adulta que dejó de ser el alma cariñosa que era a los 5 años. Todavía tratando de descubrir el por qué en terapia, me conformo mirando videos viejos, intentando poder recordar y sentir lo que esa nena llena de ilusiones y sueños sentía.
Advirtiendo ajenidad al caso, procedo a darme por vencida, otra vez.
Y es otro año en el cual, sin que ella se entere, lloro y lloro. La lloro. La lloro teniéndola al lado mío por no contar con los ovarios suficientes para perdonarla. Por tener ganas de decirle lo que la amo (me costó escribir esto, letra por letra) y no poder. Por querer pedirle perdón yo también. Por haberla hecho parte de una no-relación de madre e hija. Por separarla de mi.
No quiero que se haga tarde.
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